lunes, 12 de enero de 2015

CAPÍTULOS

Hola, ¿cómo estás?
Puede que el presente escrito se presente (ojo, la acepción de la palabra es distinta) parecido en su contenido a otro ya publicado. Pudiera ser también que este tema dé para más de un comentario. Sea como fuera, uno, en la pretensión de creer en una cierta fidelidad hacia sí mismo, observa desde otro ángulo de miras, y en muchas oportunidades con dolor, al epidémico comportamiento de sus semejantes.

¡Hola!, ¿cómo estás?
Sí, la conversación se comienza, casi inexorablemente, con una pregunta sobre el estado de salud del tertulio de turno, su familia, trabajo, y extendiéndose en ocasiones a situaciones más lejanas que lo que mide el círculo íntimo del aludido. Esto es “costumbre”, y “de buena educación”.
Decíamos que así se comienza una conversación, y esa es la verdad. ¡Estamos, de esta manera manifestando nuestras propias dudas sobre el estado de él, o los otros!
Nuestra incertidumbre ha labrado tan profundo este hábito, que se practica en forma ritual. Es uno de los tantos programas que protagonizamos dentro de los cuales no se analiza el porqué, solo se ejercita.
Si nos detenemos unos instantes en pensar que encierra la obligada pregunta, nos encontraremos aguardando una respuesta que expone impúdicamente el estado del otro. Ante un elemental razonamiento veríamos que es ésta una intromisión del todo incorrecta. Pero no lo analizamos, seguimos dentro del programa, y nadie lo toma a mal, ni es motivo de indiscreción.
Pero existe algo más profundo alojado dentro de esta costumbre: el explícito reconocimiento de que solo el azar indicará que es posible “estar bien, o mal”, y que a nosotros “nos interesa” saberlo antes de comenzar cualquier dialogo. Como en el encuentro recibiremos la misma cortesía, nos cabe idéntica sospecha proveniente del programa de la otra parte, ¡y hasta puede qué nos caiga bien!, ¡esto revela un sano interés, y buena educación, de parte de nuestro interlocutor!
¡Tan difundido está este hábito, que ha ampliado sus aplicaciones y se lo escucha emitido como saludo al pasar entre dos individuos que se cruzan en la calle! Siendo de destacar que ambos siguen con su camino, y sin esperar respuesta.

Más allá de las sonrisas que estos ligeros comentarios puedan provocar, se asoma tenuemente la delicada realidad tapada por la costumbre: Distraídos, convivimos en un mar de confusiones poblado de incertidumbres de tal magnitud, que no logramos saber, ni siquiera sospechar, nuestro propio estado; cuanto menos el de los demás.

                                                                           Filemón Solo




sábado, 13 de diciembre de 2014

CAPÍTULOS

LA FLOR

El niño soltó la mano de su abuelo y corrió presuroso hacia uno de los floridos canteros que, con hermosos colores y ricos perfumes, gratificaban a quién se detuviera, aunque más no sea un solo segundo, a disfrutar sus flores.
¡Abuelo, abuelo! Tomé esta flor para mamá  -dijo el niño entusiasmado-, su abuelo le sonreía con tristeza pensando que si bien todas esas flores pronto morirían, aquella arrancada por el niño, no solo lo haría antes, sino que habría pasado esterilmente por la vida.
Cavilando el abuelo volvía ya del parque sujetando firmemente la pequeña manito de su nieto.
-Los hombres tenemos una desmedida inclinación a poseer cual cosa bella excite nuestros sentidos. Una obra de arte, un vehículo, una piedra preciosa, una casa, un perfume y…una flor, a la que condenamos por ser atractiva.

                                                               Filemón Solo
                                   

miércoles, 19 de noviembre de 2014

CAPÍTULOS

“LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER”

El título de esta novela me ha estado pegando fuerte durante gran parte de mi vida, curiosamente nunca la hube leído, y recién ahora (porque cada cosa ocurre cuando debe) me anoticio de que su autor,  Milan Kundera, la publicó en 1984. 
Desde esos mis cuarenta años, en que me identifiqué con “el titulo” de un libro que jamás pasó por mis manos. Es que esa sencilla frase, siento, pone de manifiesto nuestro estado de debilidad ante una vida donde todos sus acontecimientos aparentan ser aleatorios, donde cada mañana que comienza es una aventura, y aventurado es levantarse de la cama (confortable, y similar a un temporario vientre materno), para nacer a un día plagado de incertidumbres.
La antigua sabiduría (como solía decir un querido amigo y excelente escritor) nos enseña que cada cosa es por algo. Que nadie se debe lamentar por los dolores propios ni por los de los otros seres vivos. Una causa genera un efecto, ley incontrovertible y exacta. El asunto es que vivimos en un mundo tan ralentizado respecto a aquel que le dio origen, que olvidamos las causas tan lejanas que hoy producen los consiguientes efectos.
Quiero suponer que algo como esto pretendió decir Nietzsche aseverando que:

"El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores".

Pero, pero uno no puede, aún, sustraerse a los acontecimientos del entorno, y ahí va mi ejemplo: Hoy mismo, y como consecuencia del repliegue que algunos debemos realizar al perder posiciones, y posesiones, a causa exclusiva de haber llegado a cierta edad sin haber cumplido con el paradigma de la riqueza, o, cuanto menos la holgura, debí deshacerme (entre otras) de alguna cantidad de prendas en desuso. Un solo aviso, publicado en un medio netamente regional de este querido y castigado pueblo sureño, dio como resultado un torrente de mensajes solicitando para sí la “bolsa de ropa”, algunos realmente desesperados, y tal pude colegir, enviados por mujeres en un reclamo para su pareja.
No dudo que el hombre sabio, nos llamaría a no alterar nuestras emociones por acontecimientos que solo son consecuencias.
Ciertamente esto lo afirmaría un hombre sabio. Pero, visto que yo no lo soy, hoy sentí dolor por la necesidad de mis semejantes.

                                                          Filemón Solo
                                   



sábado, 1 de noviembre de 2014

CAPÍTULOS

Sobre nuestra alimentación (física)

Podríamos decir que con más o menos este aspecto que hoy lucimos, llevamos unos 35 millones de años, aunque nuestros antecesores más remotos lo hicieran desde, más o menos, unos 70 millones de años.
Todos, bueno, casi todos, hemos recibido lecciones, o tomado el sistema al observar a nuestros mayores, sobre cómo alimentarnos. Y es solo a la forma de hacerlo a lo que me refiero.
Los occidentales hacemos uso de utensilios a los que, en castizo, llamamos “cubiertos” muchos pueblos africanos y de Asia menor, con menos remilgos y más gérmenes, utilizan su mano derecha. Siempre en el mismo continente, los chinos se valen de palillos; y así según las costumbres procedemos a llevarnos la comida desde su contenedor hacia la boca. Y en esto no hay alternativa.
Desvariando, según una vieja, arraigada costumbre, se me ocurre que si bien, salvando las ya mentadas diferencias, todos los humanos, de una u otra manera, nos alimentamos con el único objeto de generar la energía necesaria para subsistir. Nada novedoso, por cierto, pero el punto en cuestión que aquí se plantea no es el cómo, sino el qué.
Si nos remontáramos esforzadamente a los comienzos de la raza, veríamos que la ingesta se adecuaba a aquello que le viniera a la mano al encargado de la provisión de turno.
No deseo aburrir, ni hacerlo yo mismo, narrando aquellos de los cazadores, los recolectores, los agricultores, y demás de la ya muy trillada historia. Deseo ir al hoy, al presente, esa apariencia de tiempo lineal en el que realmente suponemos vivir.
Durante el término de cualquiera de nuestras vidas nos informan sobre lo bueno de esto en comparación con lo malo de aquello, ojo que seguimos hablando de comidas. A vuelta de página la cosa cambia, y aquello que no correspondía, hoy es la panacea, en tanto el alimento que nos fortificaba sanamente, y sin colesterol, bueno, que ese ya no es recomendable.
Si uno se toma el tiempo necesario para recabar datos fidedignos por la Internet, vera asombrado lo cierto de esta contradicción. “Y esto durante el término de solo un día”.
Es realmente asombroso que luego de 35 millones de años, los humanos no sabemos, aún, que es lo mejor que debemos comer.

                                                                                        Filemón Solo



martes, 21 de octubre de 2014

CAPÍTULOS

Lo incomprensible

Me excuso si estuviera reiterando el tema, pero vale pena insistir.

Hasta donde sabemos, y con certeza  -lo único con absoluta certeza-, es que cuanto ser vivo a  poblado este mundo, a causa de una espada, de un volcán malhumorado, de un accidente, naufragio, o por cualquier causa, se ha ido. Nos decimos que murió. El padre, madre, tío, primo, amigo, o conyugue, murió. Gautama el Buda también murió, pero nosotros no.
¡No, nosotros no! Somos idiotas, o secretamente inmortales.
Bien se dice que la naturaleza es sabia. Sabia, y provista de una picardía sorprendente. Para evitar que nos sintamos como el pobre, desamparado, vacuno, que nota recién en los finales de su provocada existencia, que va a morir; y lo hará asesinado y con mucho sufrimiento, nos ha provisto, a más de la estupidez, de la química salvadora. Con ella en nuestro cerebro nos provee de oportunas endorfinas causantes de algo que podríamos llamar: el entusiasmo. En distintos porcentajes, donde influye también la genética del individuo, el entusiasmo nos permite salir de un sepelio aventando cualquier pensamiento mal sano sobre el futuro que nos ha de tocar, y cosas como levantarnos en la mañana sin saber si veremos a nuestros hijos esa noche.
En lo personal me niego a aceptar la temerosa ignorancia que nos mantiene “distraídos”, en tanto desaparecen las vidas a nuestro alrededor. Quizás carezca de la química necesaria, tal vez sea un innato depresivo, o inadaptado al medio. No lo sé.
Ante similar inquietud, millones de congéneres han sido engañados durante siglos por los “intermediarios”. Poseedores estos, de cualidades únicas que les permiten establecer un contacto directo con lo Supremo; y hasta recomendarnos para este presente, o aquel futuro del qué no tenemos ni sospechas. Claro que primero habría que ganarse su buena voluntad con diezmos, servicios, y, por supuesto, la total aceptación de que solo su método es el indicado.
Tenemos una pregunta que se repite en canciones, charlas de café, y en esas reflexiones que vienen a nuestra mente luego de hacer el amor en una siesta de sábado: ¿Qué harías si te quedara un solo día de vida? ¡Tamaña tontería! El tipo ya sabe que no le queda ni ese solo día de vida. ¡Cuando muera será en presente!, no en ayer o en mañana, ¡Ahora mismo!
Bueno que en ese momento, y según…la física, se verá cual será su próximo destino. Sí, se verá adonde pitos le toca recalar.
Visto que somos energía, no podemos desaparecer. Pero eso qué creemos que somos, nuestra consciencia de “sí mismo”, tal y como está, eso sí que no tiene destino. Nuestra personalidad, nuestro ego; confeccionados trabajosamente durante este período de consciencia individual, ¡ay eso sí que no perdura!
Vista la terrible educación que nos han dado, casi tal y como fue recibida por nuestros dadores, pocos saben que solo estamos compuestos del material de los sueños, que hemos venido a este mundo (el más humilde de ellos) por deseo de Alguien, a quien difícilmente podríamos imaginar (la imaginación no crea nada, es la ilusión dentro de la ilusión, y se alimenta solo de elementos conocidos), como virtual parte del Todo en busca de experiencias. Lo lamento, pero solo eso somos.
                                                                                                                    
                                                         Filemón Solo


viernes, 8 de agosto de 2014

CAPÍTULOS


Los amigos
Mitos y más mitos sobre este tema, la irrealidad en que vivimos está sobradamente poblada de ellos. Pareciera que ante la cobardía de cavar en lo profundo, fabulamos sobre un presente apenas tocado por algunas leyendas culturales de un dudoso pasado de superficie.
El amigo entrañable, el tipo que te saca de apuros, y digo apuros, ese con quién compartís todo, y siempre te guarda en prioridad ante la “mina” de turno, se pierde en los relatos inválidos y floridos de narradores imaginativos, rescatistas lineales de la ilusión.
El arquetipo no existe.
El amigo, sin comillas, responde a una relación intermedia en la cual vos (y no tú) volcás (y no vuelcas) un porcentaje cualquiera de los acontecimientos de tu vida, y él hace otro tanto. Hasta ahí nomás.
Es posible que en tus comienzos, gloriosa época de la inocencia juvenil, hayas supuesto que tus amigos responderían en un todo a una confraternidad libre de competencias y saturada de fidelidad. Sí, es posible que más tarde, entre discusiones donde el filo de un comentario inoportuno sangró tu fe, donde hayas visto miradas de codicia dirigidas hacia la chiquita que tenías en trámite de levante, o alguna indiscreción impensada, te hayas, entonces, retraído como palpados cuernos de caracol. Hasta es posible, que hayan sido varios más los desengaños que te costara el darte cuenta de los ambiguos límites de la amistad.
Claro que compartirás momentos gratos, picardías que serán harto repetidas, y festejadas algunas décadas después, la secreta complicidad de un préstamo que te ayude en alguna eventualidad, pero lo profundo de tu interior, tus íntimas dudas, las grandes preguntas de tu existencia, no, eso nunca.

Lo lamento, amigo mío, la verdad es que estás solo. Pero lo peor no es eso, lo peor es que así seguirás.

                                                                Filemón Solo

domingo, 8 de diciembre de 2013

En mal "Estado"

"La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás".
Sr Wiston Churchill

"La dictadura se presenta acorazada porque ha de vencer. La democracia se presenta desnuda porque ha de convencer!.
Antonio Gala (1930-?) Dramaturgo, poeta y novelista español

"El elector goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros".
Ambrose Bierce (1842-1914) Escritor estadounidense.

"La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes".
Charles Bukowski (1920-1994) Escritor estadounidense.

    Digamos que, siempre nos resulta ilustrativo y es cuestión en uso, el ejemplificar una idea con una imagen de archivo, digamos, decíamos, que es algo similar a una red. Una red que está mucho más acá de esa conexión sutil que a todos nos vincula, y posee una estructura inalienable que nos viene incluida y que se relaciona con el propio origen de la civilización como ensayo de colectivismo. Desde luego que se trata de un inmenso error, algo tan grande y antiguo que por propia extensión y permanencia hace casi imposible su visualización. Es el caos organizado que, al ocuparlo todo, no se logra establecer su existencia dada la imposibilidad de comparación con un sitio donde no se lo encuentre.

Es un elemento antropoformo, claro que no por su aspecto humano, sino a causa de que estos, los humanos, son su exclusiva ingesta y sustento. Nuestra energía lo mantiene rozagante y pletórico de fuerzas como para continuar expandiéndose en todas las dimensiones; aún en la nuestra, interna y privada.

No siempre es perceptible su accionar, sus métodos van desde la burda actuación agresiva y avasallante, al más crónico y camuflado acto de anestesiado vampirismo. Siendo este último el que resulta más común y caro a sus gustos.
Pero, lamentablemente para la especie, se encuentra cubierto por una tétrica neblina que lo mantiene oculto a los ojos de la común inteligencia: el patético costumbrismo. Pocos son aquellos que logran visualizarlo en su verdadera dimensión depredadora. Pocos los “marginales” que observan aterrorizados como el monstruo succiona un porcentaje de cada dinámica humana.
El simple transito de un vehículo, el mero sencillo paso de un caminante, como casi todo acto cotidiano, le otorga un beneficio. Se encuentra anhelante, babeante en su codicia, aguardando el momento en que el neumático deba ser reemplazado o el calzado deteriorado suplido por uno nuevo.
Está presente en la mesa familiar, en el medicamento que por su causa se debe ingerir, y hasta en el cuarto de baño. Se nutre de la aspiración del humo del tabaco, pero también del lápiz labial que un beso amoroso hubo borrado. De cada cosa perecedera, así como de cada intangible servicio que el hombre, por él servilizado, necesita para vivir. El nombre de cada niño recién nacido, que un emocionado padre inscribe, lleva su impronta. Así como lo hará más tarde el enlace matrimonial del joven, y sin dudas, sus exequias.
Dentro de su congénita deformidad, guarda un lugar preferencial para los inescrupulosos que hasta allí lograron encaramarse. Son sus pálidas cabezas visibles, que de las otras también las hay, y ofician de dicotómicos directores de juego.
Descuidando la sana costumbre de bendecir los alimentos, nos maldicen salpicándonos con el espumarajo de sus gritos en la mentira de la diatriba. Pequeños muñecos de barro a los que la inconciencia de unos muchos ha otorgado cierta vitalidad, y a cuyos embustes y componendas, sus circunstanciales creadores hacen sordos sus oíos. Pero, al abrir los ojos desaparece la ceguera voluntaria, y de esta forma la malformación de los tuertos dejaría de ser un mérito.

Tal lo ya afirmado, la falta de límites de esta “cosa” lo alcanza a uno en cualquier sitio en que decida radicarse, y su poder termina solo allí donde lo hace la vida del damnificado. Por supuesto que esta muerte no redime a su progenie ni a ningún otro congénere. Todos, y cada uno, deberán continuar con su vasallaje. Claro que “sufrimiento que no se nota no produce dolor”.

                                         Filemón Solo



sábado, 3 de agosto de 2013

DE UN VIEJO RECORTE


Buscando, como otras tantas veces, algún elemento, por mí “guardado” para un uso futuro, se me presenta este viejo recorte de periódico del año 2008, uno de los muchos que solía hurtar en mis ratos de “café informativo”, cuyo título volvió a golpearme la atención con nuevas fuerzas y profundo horror, instándome, ahora sí, a hacer “ese algo” que a veces sentimos ante novedades de magnitud tal, que rompen nuestra habitual molicie, esa que ya no reacciona ante cualquier sorpresa menor a 6 grados en la escala de Richter.

Diario “El País”, 06/03/08, Montevideo

Más suicidios en el mundo que muertos por guerras, terrorismo y homicidios.






Veamos: en las guerras, se matan unos a otros por motivos varios, o sin ellos, el terrorismo asesina a inocentes con el único objetivo de hacerse notar y ganar posiciones que los acerquen a sus utópicos destinos. En ambos casos, el móvil es destruir vidas ajenas -cuantas más, mejor- en uso de una monstruosa patología humana.

El sistema reacciona ante estas anomalías, casi siempre a posteriori, y muy pocas veces en prevención de los hechos. Pero reacciona, reconoce la infamia y procede en consecuencia, y de acuerdo a su mejor criterio.

Sobre esto, me reservo la información (imprecisa, claro está) de cuál sería el destino de las víctimas. Porque “los muertos” siguen sus vidas, arrastrando los traumas inherentes al hecho terrible que los sacara imprevistamente de su estado de consciencia.

 “Los muertos que tú has matado gozan de buena salud”, del Don Juan Tenorio de José Zorrilla”.

 
Volviendo al tema en asuntos: Hay, aquí, en nuestro mundo, mayor número de personas dispuestas a abandonarlo ejecutándose por mano propia, que aquellas que parten imprevistamente a causa de actividades asesinas realizadas por terceros.

Acordemos que algo está muy mal. Sí, muy mal, desde el momento en que estamos comparando malo con peor. No obstante, el autor de la nota, toma al conjunto de “muertos” en forma violenta, y encuentra a algunos que han sido víctimas de sus semejantes, en tanto otros, la mayoría, fueron víctimas también, pero de sí mismos.

 
La mujer y el hombre nacen, en la inmensa mayoría de los casos, por propia decisión, sabiendo de antemano a qué pruebas se han de someter, y poseyendo un bosquejo de lo que podría ser su vida, según de lo que se provean y dispongan –lo recuerden, o no-. Pero jamás podría ser alternativa el quitarse esa vida que para su perfeccionamiento le fuera otorgada. Esto es interrumpir los tiempos de su desarrollo evolutivo, cosa que, intuitivamente, sabemos, no corresponde al proyecto previamente elaborado por… nosotros mismos.

Se sigue que un obstáculo de enormes proporciones hace olvidar al suicida el derrotero de su hoja de ruta, arrojándose al abismo, en la suposición de que eso pondrá fin a su dolor.

Acordemos que algo está muy mal.

La víctima de un asesinato, no está preparada para un intempestivo cambio de estado. Es comprensible entonces, que luego del evento que lo sacara abruptamente de su contexto, se sienta desorientada y necesitada de guía y ayuda en su nuevo medio.
Pero nadie, en buen uso de su razón, debería dejar su vida para abordar un tren, ignorando cual será su recorrido, y donde este ha de terminar.

Al suicida se le hace imposible sostener su situación. Llegó al límite de su tolerancia, los sentimientos (¡ay Dios!) lo poseen y no soporta permanecer en ella. Solo desea que todo termine y obviar este presente, que amenaza proyectarse a un futuro de sufrimiento imposible. Solo sale disparado de su cuerpo con la insensata esperanza de dejar junto con él, toda pesadumbre, pero el tren al que se monta regresará, irremediablemente, al punto en que fue abordado; mismo donde el ignorante pasajero deberá volver a pasar por similar situación, tantas veces, cuantas le lleve entender cómo resolverla sin intentar huir de lo que hubo generado.

Nada es igual a nada (en ambas acepciones del término), ni ninguna situación será copia exacta de otra; menos aún la forma y medida en que afectará a cada personalidad. Por esto, hay casos en que suponemos "suicidas" a gentes que, en realidad, no son tales. Todo es cuestión de proporciones; y me refiero al grado de la puntual intencionalidad en quitarse la vida, esto sobre un contexto de: falta de cordura, sacrificio en un supuesto bien ajeno, desequilibrio neuroquímico, enfermedad terminal, etc.

Pero, ¿qué hemos hecho de este mundo en el que existen, sin atenuantes, tantos inútiles intentos de deserción?, ¿cuánto padecimiento, rencor, y miedo se construye en vida, para ser liberado luego en el cuerpo emocional del planeta?, ¿es qué no notamos que esto va a contramarcha de nuestro giro evolutivo, qué a todos perjudica?, ¿es qué el supuesto  fracaso de nuestras mundanas gestiones laborales, económicas, o sentimentales nos transporta a estados tan extremos?, ¿Cómo es posible que otorguemos a estas circunstancias un valor tan grande, capaz de determinar el abrupto corte de nuestras vidas?

Escucho respuestas, yo encontré las mías. Pero no sin antes padecer una larguísima, terrible experiencia de grado extremo. Cierto que ya sabía que cada ronda debe ser completada, qué no hay salidas de emergencia.

                                                              Filemón Solo

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 28 de febrero de 2013

LA EXPERIENCIA DE LA VACA


Bien sé que en los últimos tiempos he dejado de aportar a mis blog, las razones se mezclan con las excusas, tal y como tantas veces suelen hacerlo, y creo que este no es el momento para ninguna de ambas.

El caso es que deseo narrar una pequeña, y muy reciente, experiencia que me ha dado mucho en qué pensar.

Se me hubo encargado “subir” día por medio a Mallín Ahogado, paraje cercano a El Bolsón, para realizar allí algunas sencillas labores de cuidado y alimentación de los animales, habitantes de una hermosa chacra, cuyos propietarios se encuentran de vacaciones fuera de la provincia.

Ese domingo, luego de terminar los trabajos en el lugar, realicé un repaso sobre el listado mental que contenía las faenas encomendadas, concluyendo que todo allí estaba cumplido,  satisfecho partí del lugar.

El día martes, se me anoticia que el fuerte viento que trajo el temporal de ese mismo domingo en la tarde, había liberado la traba de la tranquera, y la vaca doméstica, movida quizá por la curiosidad que caracteriza a estas bestias, partió de la chacra sin rumbo conocido.

Inútiles resultaron los esfuerzos, averiguaciones, y rastreos realizados durante la semana en procura del hallazgo del animal y, en la medida que el tiempo transcurría, disminuían en forma inversamente proporcional, las probabilidades de encontrarlo. Y ya que en proporciones estamos, lo que sí aumentaba era mi preocupación, y la imagen de la vaca prófuga se me presentaba cada vez con mayor frecuencia, apareciéndose sin aviso en medio de mis pensamientos.

Así las cosas, cuando el sábado siguiente, nuevamente en la chacra, esperaba yo dentro del automóvil que menguara la copiosa lluvia. Detenido el vehículo frente a la tranquera, lado interior, llevaba en el baúl un trozo de fardo de alfalfa, a modo de sebo, y muñido de una soga que encontrara, estaba decidido a recorrer todos los callejones, consultar a cuanto vecino hallara, y volver…empapado, embarrado, de mal humor, y sin la vaca que, a estas alturas, vaya uno a saber donde podría haber llegado.

Cabe acá destacar, que los cuadrúpedos herbívoros, aquí, en la montaña, están habituados a recorrer grandes distancias, en procura de alimento y, aunque en esta época del año abundan los pastos, algunos animales ya están condicionados por la costumbre, y proceden de igual manera.

Esto, y otras cosas más estaban girando por mi mente, siempre con la misma imagen, cuando, al levantar la vista, la veo; ¡sí, a ella!, ¡Sí, frente a mí estaba la… bendita vaca!

Transitaba, casi al trote, por la ruta provincial 86, misma por la que se accede a la propiedad, en medio de charcos de agua sucia, piedras sueltas, y lodo, que suelen caracterizar esta vía de pésimo mantenimiento.

Al notar el vehículo dentro de la chacra detuvo su marcha, solo para amenazar continuarla inmediatamente al verme descender, y acercarme a la tranquera. En un rápido accionar, abrí el portón y, conteniendo el aliento, retrocedí para ubicarme detrás del automóvil. Pasados unos instantes de duda, la vaca ingresó a la chacra, ahora ya a la carrera, perdiéndose en la seguridad del bosque.

Desde el domingo de su huida habían transcurrido 144 horas aproximadamente. 8640 minutos durante los cuales el animal gozara de libre albedrio, pastando en las banquinas y callejones, sin descartar algún predio vecino que, a la sazón, estuviera accesible; ¡todos sitios que ya hubiéramos examinado! ¿Qué le sugirió acercarse justo en el momento en que yo me encontraba presente en un lugar de paso, allí donde no hay un porqué para detenerse?

La casualidad no es una opción con la que explicar este acontecimiento que, carente de toda relevancia, tipifica esas situaciones que todos bien conocemos por haberlas experimentado.

La inclusión de la “casualidad” en nuestro pensar, responde a un vano, aunque muy comprensible intento, de encontrar una ubicación a estos eventos dentro del orden de lo razonable. Para lo cual nos permitimos “salirnos” de la lógica secuencia de acontecimientos, donde la “causa” produce “efectos”, que luego serán causas para nuevos efectos.

Siendo esto axiomático e irrebatible, nos escapamos en busca de la “mutación”, “el efecto sin causa previa”: la imponderable casualidad, que solo es una excusa para justificar la ignorancia del porqué ocurre esto o aquello.

No es casual que una mujer fértil se embarace, ni que al señor que transita por la plaza se le vuele el sombrero.

La casualidad, no solo no existe, sino que no puede existir.

 

Bien, volviendo al tema que me he atrevido a presentar hoy, ¿Qué pitos trajo a mí a ese fugado rumiante en el oportuno momento?

 

                                                   Filemón Solo

 

  

 

 

 

martes, 18 de diciembre de 2012

EFEMÉRIDES


Será que prevalece la modalidad conceptual de mediados del siglo veinte como rémora que uno arrastra, pesadamente, entre estas ágiles novedades de la nueva centuria. Pudiera ser también que este observador sea un crítico consuetudinario, más allá de los tiempos. Pero existen eventos que los congéneres festejan, y que forman inseparable parte de su calendario anual y gregoriano. Estos acontecimientos rememoran situaciones muy caras al sentir nacional, lugareño o universal, según el caso. Ahora bien, posiblemente la estreches de las neuronas que esto dicta, no permita el ingreso a la comprensión del porqué de la aparición de distintos protagonistas actualizando el festejo de los antiguos sucesos. Igualmente injustificada es la aceptación de nuevos y exógenos personajes estacionando su localidad en nuestra cochera.

Veamos que para recordar debidamente el nacimiento de N.S. Jesucristo colgamos medias (calcetines), engalanamos un arbolito (pino, excluyentemente, y no abeto) y aguardamos que en la noche del 24 de diciembre descienda, ya no la gracia divina, sino un obeso ser híbrido abrigado por un atavío rojo, quien lo hará hábilmente por el conducto de la chimenea del hogar. No se preocupe, en caso de no poseer este adminículo en casa, el mítico descendiente de un extinto gnomo nórdico <cuyo nombre no recuerdo, y tampoco me importa>, encontrará la forma de colarse por alguna ventana.

El personaje en asuntos gusta portar una bolsa provista de regalos para los niños. Nuestros niños, a quienes les estamos practicando un lavado de tradiciones mediante el implante de una contaminante y vacua extranjería.

Para una mejor efectividad en esta obra de reprogramación, denominamos al tipo con el calificativo de “santo”, pero en femenino, o lo enaltecemos con un íntimo “papá”.

 

Esto se continúa con el conceder presencia a una “noche de brujas” de la que pocos conocen su procedencia, aunque todos la asuman originaria de un país del norte de América, con representatividad, precisamente, local. Circunstancia que obviamos en seguimiento de las inquietudes mercantiles de algunos interesados en hacernos “celebrar” cualquier cosa que involucre un cambio de radicación de nuestros billetes a sus bolsillos.

 

Recientemente ha arribado a nuestras amplias costas dispuestas a recibir “a todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino” un santo europeo, en cuya particular conmemoración se realizan abundantes libaciones alcohólicas. ¡Y ahí vamos nosotros! a beber fraternalmente a su salud. En tanto aguardamos que los importadores de ajenos mitos y leyendas nos continúen inundando con sus productos, en nuestra inveterada costumbre de comprar cualquier cosa, tal lo ya ocurrido con los chiches asiáticos.

 

Para los cristianos, la pascua de Resurrección conmemora precisamente eso: La resurrección de N S Jesucristo. Para lo cual la alegoría de los huevos de chocolate, escondidos u entregados <según los gustos> por pícaros conejos, se me hace un tanto descabellada y evidentemente irrespetuosa. No para su actor, quien, seguro, se encuentra más allá de las presentes tonterías, pero sí para los creyentes en esta doctrina, que bien deberían notar la desnaturalización de tan fundamental recordatorio; en lugar de dejarse seducir por estas “tentaciones” de chocolate”.

El caso es que esta costumbre sí viene con su historia. Los antiguos cristianos, tenían vedado en tiempos de cuaresma la ingesta de alimentos cárneos, lácteos y también los huevos. Aparentemente almacenaban estos últimos en espera del domingo de pascuas, oportunidad en la cual los repartían entre el resto de su comunidad, la cual, deberíamos suponer, estaría igualmente colmada de estos productos. Tiempo más tarde surgió la costumbre de decorarlos, así como la figura del conejo, aunque lo apropiado hubiera sido una gallina, con la función de esconderlos en los jardines para ser encontrados por los niños.

Siendo evidente que el cacao es originario de América, la “creación” de los huevos de chocolate es relativamente moderna en relación al origen del acontecimiento en asuntos. Resulta, y ahí vamos de nuevo, que esta es una usanza sajona que nos llega, una vez más, desde el norte.

Lo lamentable, tanto para este caso como para el de la natividad, es que las figuras sin importancia posteriormente surgidas, han devenido en representaciones centrales de las celebraciones, desplazando en la práctica de las mismas a Quien les hubo dado origen.

Respetuosamente, sugiero que nos dejemos de todo tipo y forma de “huevadas”. Mandemos de vuelta a casa al gordo abrigado, a las brujas, al santo del alcohol y a los conejos que esconden huevos de chocolate, rescatando nuestras propias raíces e instruyéndonos sobre el significado de “cada feriado”.

 

                            Filemón Solo

 

 

sábado, 17 de noviembre de 2012

PECADO

                                                     
                                        El más grande pecado es la ignorancia

Aquella que elegida, se practica

Sin preguntas el vivir no se complica,

salvando respuestas de implicancia         

 

Sucede que el saber nos compromete

Restándonos la excusa de ignorar

Nos hace responsables al actuar

y a mas duro juicio nos somete

 

Ignorancia, engendra incomprensión

Se nos confunde cultura con saber

Siendo este, el camino real del Ser

y aquella,... meramente información

 

Ilustrada, con ella, la ignorancia,

se distrae, en encontrar sabiduría

Si halla soberbia, se extravía,

sumándola, el ego, a su ganancia

 

Gusta la verdad, otros ríos navegar

No es la cultura puerto de destino,

quizá provisión para el camino,

rumbo a internos mares, donde anclar

 

                              Filemón Solo

 


 

 

 

 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

EL INFORME DEL CASO


                                         Hoy fue encontrado con vida
                                         un hombre de cien años,     
                                         y libre de aquellos daños
                                         a los que la vejes obliga

Rodeado de extrañas cosa
y faltándole lo elemental,
se presume algo anormal,
pues llama a su vida hermosa

                                                            Tal corresponde a la ocasión,
                                         se labró rápido inventario
                                         Hallando magro mobiliario,
                                            ¡ y ninguna televisión ¡

 Cientos de libros y papeles
                                         -que se detallan por separado-
                                          y en las paredes, colgados
                                          mil máximas y carteles

 En el cuarto, sin somier,
 sobre el suelo, solo un colchón
                                          imágenes y un almohadón
                                          sin otras cosas que ver

                                          Ante personas calificadas,
                                          y luego de varias rondas     
                                                              ¡ la falta de un microondas,
                                                              quedó sin dudas verificada !

 No es hallado alimento,
                                          ni provisión de carne alguna,
                                          de ave, cordero o vacuna
                                          ¡ Las semillas son su sustento!

 Solicitada su filiación,
                                          se declara sin documentos
                                          Los hubo arrojado al viento,
                                          por molestarle en el pantalón

 Es informado del delito,
                                          que involucra tal proceder
                                          Argumenta “que no es su ser,
                                          quien figuraba en el escrito”

 “Con una foto de su exterior,
                                          y un numero cualquiera
                                          no podía mostrar quien fuera,
                                          y aún menos, quien él es hoy”

 El susodicho se empeña,
                                          en otra actitud extraña,
                                                                en conservar una telaraña
                                                                ¡ por respecto a su dueña !

 Balbuceando algo de “pránica”
                                          exhibe con profundo orgullo,
                                          un conjunto de raros yuyos
                                          a los que llama “quinta orgánica”

 Pese a vivir aislado,
                                          niega ser un ermitaño
                                                           “Orando por aquellos daños,
                                          que todos hemos causado”

 En función de lo actuado,
                                          ante los al pie, firmantes,
                                          se detiene al delirante,
                                          bajo sospecha de enajenado. 

            Filemón Solo