jueves, 31 de mayo de 2012

¡A SEGUIR PARTICIPANDO!

  

 ¡Aterradora esta condena a la soledad de una eterna búsqueda de lo inasible! ¡Peor todavía es el notar que los materiales, esos que solemos emplear para consolidar nuestros supuestos logros evolutivos, son simple utilería. Debilidad puesta de manifiesto ante cualquier moraleja a extraer del acertijo de causa y efecto. Caso en el cual la tarima, trabajosamente construida en procura de la elevación sobre uno mismo termina en tierra y ahora sobre el ánimo del iluso que creyó haber comenzado a procesar la solución.
Observo tres tipos de actitudes ante estas disyuntivas. La primera, y de uso generalizado, es la adopción de distintos grados de prescindencia. Se opta, no siempre racionalmente, por no involucrarse en una búsqueda comprometida bajo el amparo de una superficialidad que otorga la seguridad de la ignorancia. La segunda, suma una cantidad muy reducida de adeptos que, en uso de herramientas muy mal templadas, intentan denodadamente obtener respuestas que satisfagan a la particular lógica de un pensamiento filosófico creado a esos efectos.
Pero un tercer modo, aún en ciernes pese a su antigua data, se destaca por preconizar una trascendencia sobre estos confusos elementos que, en mayor o menor grado, contienen alguna porción de racionalidad. Estas conciencias pretenden elevarse por sobre dichas cuestiones, accediendo a campos de conocimiento que manejan otros parámetros de compulsa. Abandonan el uso de la común percepción, dejando con ello los insolubles cuestionamientos de la mente, ante el intento de acceder a niveles donde el ingreso a otro tipo de conciencia los demostraría absolutamente superfluos en su precariedad.
Las alternativas a la mano serían: a) Abroquelarse en la suposición que todo “puede” estar mejor sin considerar el porqué de esta mejora ni los métodos para su obtención.
b) Aceptar la congénita inquietud de modificar las situaciones imperantes, pero mediante el estudio de ellas mismas. Loable intento que se postula condenado al fracaso al condicionarse al uso de los mismos mecanismos que pretende explicar.
c) Parte de la premisa de que lo existente debe ser trascendido. Siendo esta una labor liberadora del encierro en que hemos devenido por diversas causas, pero siempre con la encomienda de hallar un escape hacia otras realidades “más reales”.
El expedicionario imparcial, quien obligadamente ha integrado la primera, buscado más tarde en la segunda, y decidido finalmente por la tercera, presenta ante sí mismo el desesperanzado cierre de experiencias. Nadie que haya agotado las dos primeras limitaciones podrá volver atrás. La ignorancia, tal como la inocencia, solo se pierde una vez, pero a diferencia de esta, no representa un acto aislado, sino una decisión de futuro.  
Ahora bien, el salto quántico  que se presenta como indispensable para la obtención de una conciencia suficiente y permanentemente ampliada, requiere, al parecer, de una cantidad de condiciones previas que no son fáciles de percibir en su tenencia. Razón por la cual quienes se embarcan en esta corriente, suelen descender en cualquier puerto de límbica soledad. Desterrados de ningún lado, y en espera de una ayuda “extra” que les permita reembarcase hacia una dirección que tiene solo un sentido, se los puede ver luciendo las mejores intenciones de que son capaces, en la entrega de algún humilde servicio al prójimo de él necesitado. Por otro lado no pueden disimular ante a sí mismos la fragilidad e incertidumbre en que sus vidas continúan estacionadas.
Lo notable es que siendo la magnitud de las obras el parámetro en uso para confrontar el “grado” de su realizador, abundan los ejemplos de aquellos que, habiendo efectuado inmensas e inobjetables ejecuciones tendientes al bien común, no encontraron en su camino personal la anhelada paz, ni tan siquiera el sencillo dominio sobre el sufrimiento.

Sí, nada es lo que aparenta. Y no lo es porque esa apariencia responde a nuestra percepción de la cosa en estudio. Ergo: no presenta el Universo un algo engañoso con el solo objeto de sumirnos en la confusión, sino que su realidad radica excluyentemente en su esencia. En la de él y en la nuestra. Pero continuamos ante la incógnita de cómo acceder al “Santo Sanctórum”.
Es seguro que muchos han descubierto en sí mismos el escape desde este minoico laberinto, pero lo interno es intransferible. Y en verdad que se nos ha confirmado su existencia; y eso es...esperanza. ¡Ánimo!, y a seguir participando.

                                   Filemón Solo


                                             

                                                                 


domingo, 20 de mayo de 2012

PENSAMIENTOS


Tanto el dinero como el amor, pueden ser falsos. Pero solo engañan al que no los conoce


El buen amor atempera nuestros errores. El malo los resalta




                                    Filemón Solo



sábado, 5 de mayo de 2012

RESURRECCIÓN DEL 96

POR FAVOR, DIME: ¿QUÉ TIENES POR SEGURO?

                   ¿Los bienes que hoy posees?
¿El amor de tu pareja?
¿Tus ingresos monetarios?

¿Tu buena salud?

¿Tu capacidad mental?

¿El bienestar de tus seres amados?

¿Tus propios sentimientos?
¿Siquiera tu cordura?
¿Cualquier cosa, tangible o no, de este mundo?

En verdad, no sabemos con certeza sí el sol saldrá mañana, siempre, claro, que tengamos un mañana.
En este inmenso océano de incertidumbre nos tomamos neciamente de cualquier ilusión que semeje firmeza, o quizá nosotros mismos inventamos la firmeza allí, donde solo hay apariencia.
¡Conozco el riesgo!, si permitiéramos que el soplido racional de la duda avente nuestros ideales y frágiles construcciones, sobrevendría el pánico, o la locura. Razón por la cual continuamos aferrándonos a lo transitorio, como prevención analgésica, que no cura pero aleja el dolor.

DIME, POR FAVOR, ¿NO ES ESTO SEGURO?

Que vives
Que has nacido de madre
Que sientes

Que amas, o has amado

Que piensas
Que has de morir
¡QUE DECIDES!

Tienes tu tiempo, cien años o algunos segundos, úsalos a tu modo, solo él te servirá. Busca, golpea, descubre, hazte monje o libertino, señor o criado, emigra a la montaña o alójate en el centro de la ciudad, pero jamás, jamás transites dormido por la vida. No te permitas pasatiempos, porque pasan los tiempos y en ello nuestro combustible se consume sin llegar a puerto. Pregúntate sobre el porque de ti mismo, investiga sobre lo que realmente tienes, tu vida. Ten presente que por ella es todo lo que posees, por ella tienes el don de la conciencia (con-ciencia), la capacidad relativa del análisis de los acontecimientos que te suceden, y nos suceden. No la rindas a los deformes pies de la rutina, al trabajo, las tertulias sanguinarias para los ausentes, la tele-visión de la estupidez, o la tonta distracción pasatista. Cúbrela con tu Amor, lávale el rostro, ponle sus mejores vestiduras, estrénala cada minuto de cada día, y úsala solo para lo que fue creada. A cambio te entregará el único fruto de la verdad, tu verdad. Muérdelo con decisión y su néctar te acercará al portal del lugar de donde algún día partimos, por haber saboreado el fruto equivocado. No ocurra que los tiempos te alcancen sin haber realizado tu labor.

Filemón Solo


jueves, 26 de abril de 2012

"ECORREA"


Dedicado a “nyc´s” y “vyq´s” de lo que fuera El Bolsón (RN) -2005-

“Ecorrea”-La epidemia que llegó a la Patagonia-

 Al tipo se le atraganta la expresión, cualquiera de ellas. Es lo mismo. De hecho son demasiadas las que se agolpan en la garganta pugnando por manifestarse en cada ocasión en que la cosa viene a su mente. Y la cosa es, que la cosa viene todo el tiempo. Ya lo padeció en otros purgatorios (aunque más tarde sean abolidos por la Santa Madre Iglesia), esto en relación con el efecto de la purga, elemento que según la RAE, y nuestra cólica experiencia, es la “Medicina que se toma para defecar”. Muchas manos ajenas se han ocupado de administrarle la fatal cucharadita motivadora de la inevitable evacuación de esperanza.

El tipo, tiempo hace que percibe los conocidos retorcijones premonitorios. El medicamento está, a no dudarlo, haciendo lo suyo. La señora de pelo cano que en la gran ciudad abandonara, entre muchas otras, el hábito de reflejarse más joven que lo que su cabello puede sugerir, no acusa los efectos. El señor que decidió que un sombrero de ala ancha condecía exactamente con el nuevo aspecto que imagina para este ámbito agreste, tampoco evidencia ningún cambio en su sentir gastrointestinal. No se ven reuniones en la salida del “super”, no hay “cartas al lector”, ni largas filas de anhelantes peticionantes aguardando se les atienda, algún día, en la nunca bien ponderada Defensoría del Pueblo.

El tipo ya sabe que la mayor porción de la heterogénea galería de sus circunstanciales coterráneos pertenece al grupo de los respirantes, amplio estrato humano que solo reaccionaría ante el caso que un par de dedos obturen sus fosas nasales. Aunque esta obstrucción solo representaría mudar por la opción de respirar por la boca, no más que eso.

El tipo ya no soporta los espasmos, ni la soledad del dolor no compartido de ver la estúpida depredación que la ilusión colectivizada de “un vivir distinto”, hábilmente ignora: la destrucción de cuanta cosa natural pudiera observar.

Siendo un delirante experimentado, logra visualizar las próximas villas de emergencia, la contaminación, la inseguridad y demás “prebendas” de las catedrales citadinas. En tanto las autoridades pugnan por obtener ese calificativo peyorativo: ¡el de ciudad! “Ciudad de m...” Claro, es distinto ser el funcionario de una ciudad “emergente” que de un Pueblo conciente.

Un día cualquiera, y no cualquiera de ellos, de mañana y no muy temprano, porque eso es cosa de escolares obligados, uniformados obligados, o ancianos desobligados, el tipo toma el mando de la que fuera moderna máquina hace nomás quince años, y se lanza a la ruta. Mientras se aleja va observando como el mocho dedo de la negligencia fue ubicando aquí y allá nuevos pobladores que, con pelo cano y sombreros de ala ancha, colocan su inexperiencia junto con algunos ovinos y/o bovinos, ambos incompatibles con el bosque que han venido a disfrutar; y también a destruir; pero solo un poco. Solo lo suficiente para hacer lugar a la casa.

La casa, el establo, el galpón y... ya que estamos, una pampita para que pasten los animales.

Mientras se dirige al medio de la meseta patagónica donde supone, pobre tipo, que no ha de hallar la destrucción en dos patas ni la burocracia de mil manos, va recordando el hermoso camino del Circuito Chico saliendo de Llao Llao, sin la mancha negra del asfalto que se tragó su poesía junto a los maravillosos árboles que la enmarcaban, ¡demasiados árboles! Recuerda a los lagos Uno y Dos antes de los rápidos del río Futaleufú, ya desaparecidos bajo una represa que mató, entre otras cosas, a la lógica, cruzando el continente con conductores de alta tensión para posibilitar una pujante fuente de cancerígena contaminación justo junto al mar. Mismo mar donde un sinnúmero de oportunas caletas de amplias mareas, proporcionarían abundante energía eléctrica. Luego, la celeste visión del Lacar, impoluto, y a la vera de lo que fuera un simpático pueblito cordillerano. Justo ahí, cuando estaba evocando el episodio de ese otro lago que “fue Escondido” y demás infamifundios, debió interrumpir su dolorosa retrospectiva, urgido como estaba a descender rápidamente del vehículo con apenas el tiempo para desabrocharse el cinturón. 



                                        Filemón Solo





                                                                   

viernes, 20 de abril de 2012

PENSAMIENTOS


El amor de pareja es tan perfecto, como el peor de sus integrantes,

o, tan imperfecto como el mejor de ambos.


La soledad no es la falta de otro, es la nuestra.

sábado, 14 de abril de 2012

DEPRESIÓN


DEPRESIÓN

                                      Alojado, que estuve en los infiernos,

con Suprema ayuda he logrado emerger

Las ansias amputadas por los yerros,

le negaban la respuesta a mi querer


                                        Arrollado uno mismo en su dolor

no logra consuelo en lo mundano

necesita tal voltaje en el amor,

que clama a Dios el tacto de su mano


                                           Sintiéndose caer a lo profundo,

no hay donde sujetarse, ni hay paredes

Muertos ya, los arquetipos de este mundo,

en un duelo con entierro de placeres


                                        ¡Incierto que se escuche el lamento

de otras almas igualmente condenadas!,

pues seria compartir el sufrimiento

y toda humana compañía, está vedada 


                                       Producto de una forma del sentir,

es lugar que no se halla en ningún lado 

Se llega caminando un mal vivir,

y solo escapa quien revierte lo creado 


                                       No hay ciencia que indique la salida

Si consejos baratos y gastados

Quien parte llevará siempre su herida,

y el temor de desandar los pasos dados


Filemón Solo.


jueves, 5 de abril de 2012

CUIDANDO A LA NATURALEZA


-¿Porqué no siembras ordenadamente tus semillas? ¿Es que no comprendes que al hacerlo según tu manera los brotes verán la luz en sitios casuales sacrificando la belleza del lugar?-

El anciano levantó la vista, y dirigiéndose a la dama que le cuestionaba trató de explicarle.

-Sucede, Señora, que cada lugar en este mundo es poseedor de una cambiante idiosincrasia, yo solo trato de mantener esas características en aras de la armonía que el sitio merece recuperar. Como no puedo saber cuál es la mejor ubicación para cada semilla, las arrojo al viento junto con una plegaria, en la esperanza de que sean guiadas y así todas lo encuentren.

Ella insistió -¿Cómo puede haber armonía en algo falto de programación y planeamiento? ¿En el mero azar?-.

El jardinero pensó un instante y respondió -¿No ha admirado la señora, la belleza del frondoso bosque más allá de las colinas? Allí donde cada árbol ha prosperado en el sitio indicado, pero no por la mano del hombre sino por su propio destino.

La aludida observó al bosque en su recuerdo, y dijo – Lo que creo es que deberíamos ir a ordenar ese lugar. ¡La naturaleza es tan descuidada!-



                                     Filemón Solo




lunes, 2 de abril de 2012

02 DE ABRIL DEL 2012


¡DÍA DE RECONOCIMIENTOS, INDIGNACIÓN Y TRISTEZA!

Por supuesto que, a este momento, ya llevo escuchados todo tipo de comentarios sobre la lamentable guerra de Malvinas. Son tiempos propicios para que el periodismo se extienda, como nunca antes, sobre anécdotas, estampas, historias y todo lo que le caiga en mano referido a ese acontecimiento. La política de hoy así lo posibilita, mañana podrá ser otra cosa; tal y como ya antes lo fue.

Estos Blogs nada tienen que hacer a los hechos históricos, no es su temática habitual, pero sentí una urgente necesidad de hablar en mi carácter de argentino y contemporáneo de estos eventos.

Si bien siempre descreí de las guerras, mi posición perdió solidez luego de la lectura del Bhagavad Gita. Y de esto van, ya no sé cuantos de estos, nuestros años.

¡Es tan complicada la idiosincrasia humana, qué en determinadas situaciones pareciera que la violencia, que de ella forma parte, debiera expresarse en actos de barbarie, cumplir su ciclo de experiencia, y así sublimarse en una forma superior del sentimiento!

No lo sé. En realidad me desespera mi incapacidad de obtener certeza sobre lo “conveniente”, o no, de la mayoría de los métodos del accionar humano, y sus resultados.

Hoy siento que debo rendir demorado tributo a las incontables acciones de valor, camaradería y sacrificio protagonizadas por los difundidos, pero aún más a los anónimos, héroes de Las Malvinas.

Aún en vida, o ya muertos, lograron en medio de situaciones extremas, extraer lo mejor de sí mismos, en un sublime acto de valor y entrega.

 Hoy, una vez más, me indigna que una “pro forma” preparada con malicia por un ser que canjeó su alma por la extensión de unos pocos años de poder, con la concreta colaboración de grandes –qué no importantes- “compinches” de otras fronteras, fuera incumplida, y tendida trampa de engaño en la que cayeran autóctonos necios incapaces, así como errados capaces, que, para hace treinta años, dirigieran los destinos de nuestro amado sitio en este mundo.

Me indigna la soledad, en que el “divorcio” con los poderosos, nos sumergiera. La traición de los vecinos, la fingida ecuanimidad, el incumplimiento de compromisos previamente establecidos, y la ausencia de los que creyéramos amigos –porque hermanos, hermanos somos todos-.

Me indigna nuestra falta de AUTÉNTICO reconocimiento a países como El Perú, que por el mérito de ese acto (no diré cual), de ABSOLUTA ENTREGA DESINTERESADA –entiéndase que hablamos de una guerra “previamente” perdida-, merece el mejor destino imaginable.

Me indigna la soberbia de ambas partes, las ¿injusticias?, la flagrante estupidez, y el desconocimiento de cuál debe ser el comportamiento HUMANO.

Pero, y sobre todo, me indigna: el dolor, el odio, el temor, y los sufrimientos allí experimentados. Todos estos sentimientos se han lanzado como sombras a la conciencia colectiva de la raza. Su sordidez y pesadumbre estará cargando sobre nuestra evolución, hasta que, una vez más, algunos decidan hacerse sacrificar en la cruz de la inocencia.

                                 Filemón Solo


viernes, 30 de marzo de 2012

ESTADOS


Estados

¡Sorprendente que insistamos en lograr una “línea de conducta”!
Sorprendente, pues nada en nuestro pasado, tanto personal, cuanto  histórico, nos la traza con su ejemplo. Y, sabido es, que somos  “consecuencia dinámica” de aquello que hemos aprendido.

No existen líneas rectas en la naturaleza, ni escaleras que lleven directamente al cielo, ni al infierno. Bueno, esto en el caso de que al suponer cierta su existencia, hubiéramos decidido montar esos escalones.

Estamos destinados -aún lo estamos- a permanecer en nuestras sinuosidades. Nos arrepentimos de nuestros errores, cargamos la vida con el peso de su recuerdo… ¡Y ahí vamos nuevamente!, ¡ y por más!

Deberíamos asumir plenamente esa inconstancia que nos caracteriza como raza (la quinta raza raíz, según creo recordar), y resignarnos felizmente a levantar desde el suelo de cada caída la experiencia que indudablemente allí se encuentra.

En lo personal, detesto los golpes en las rodillas y, por duro de entendederas, porto sin ningún orgullo, cantidad importante de cicatrices. ¡Qué no solo en las rodillas!

 Filemón Solo

Como ejemplo, aquí el cerro, ése, al final de mi calle, nos muestra la imagen de sus distintos humores.


El sol besa la cumbre y se desliza hacia otros paisajes



Tormenta sobre el cerro. En tanto pequeñas nubes se niegan a intervenir, flotando
en el faldeo

jueves, 29 de marzo de 2012

MI PERFÍL

Ampliación


                                                       LA BATALLA

Situado en el campo de batalla,
espada corta, carente de armadura,
que me proteja de sandez y de locura,
lidiando con el justo y el canalla

Aquí estoy en un mundo que no es mío,
y que decide su propia destrucción,
rogando se me envíe comprensión,
y cubierto el sentir por el hastío

Despertando en medio de la lucha,
veo rostro de hermano en el rival
Ya no es guerra, y sí cadalso medieval,
y yo el verdugo tocado de capucha

No se puede combatir con compasión,
y sin odio que lance la estocada
Pues esta será corta, o será errada
si a la mano la dirige el corazón

Si fuera un guerrero del amor,
se me hubiera provisto y equipado
con armamentos tan solo reservados
a combatientes dignos de ese honor

No hay emblema que luzca mi estandarte
en el fragor de la larga escaramuza
La voz de mando suena muy confusa
con gargantas gritando en todas partes

Algo hace que arremeta con porfía
Algo hace que baje yo la espada
Clarín llamando, ataque o retirada
Avanzo y retrocedo en cada día

El hecho de vivir me ha alistado,
en las filas de uno u otro bando
No logro comprender que esta pasando
Derrota y victoria, se han mezclado

Hay quienes me presumen caballero,
capaz de liberarlos de su encierro
Y serán el cortejo de mi entierro,
de quijote sin caballo ni escudero

Más otros recelan mi apariencia
                                             Rojo en sangre inspiro ese temor
                                             Solo de mis venas dimana tal color
que sangran en la cruz de mi existencia

Si de la torre logro a la princesa,
en aparentes tiempos de victoria,
ajeno es el reclamo de la gloria,
para sumarla al botín de su pobreza

Si la tregua permite un parlamento,
hablará la experiencia del guerrero
Quien sabe que en el día venidero,
será nuevamente en el encuentro

El combate pareciera ser eterno,
y librarse en los campos de este mundo
La causa vive allí, en lo profundo,  
donde cielo se confunde con averno

Vuelto ya a la tienda y agotado,
con deseo de una noche compartida
No hay amor que restañe mis heridas
¡Que triste es la vida del soldado!


 Filemón Solo
                        

martes, 27 de marzo de 2012

LA VISITA


No fue ese el peor día que hubiera tenido. Bien pudo haber pasado algo especial, pero nada que yo recuerde que justificara su aparición en esos momentos. Bueno, lo cierto es que allí estaba, parado frente a la reja de la entrada y en espera de mi presencia.
Nunca tocó ni se hizo notar de forma alguna, pero yo sabía que allí estaba. Sonreía ligeramente y algo en él me recordó a mi padre. Tal vez por los detalles de su impecable vestimenta, más cercana en su aspecto a la moda de los setenta que a ese presente de quince años después. Me quedé observándolo y aguardando escucharlo, que dijera algo. Pero, ¿qué podía decir?
Si bien yo, no muy claramente, ambos conocíamos el motivo que lo traía a mi casa en ese sábado por la tarde. Como respondiendo a un reflejo automático, le franqueé la entrada e ingresó lentamente al jardín del frente. Se detuvo unos instantes a admirar las rosas, con gran habilidad acomodó las espinosas ramas sin sufrir daño alguno, según un orden que, para ese entonces, yo ignoraba. Al terminar observó cada pormenor del entorno, sonrío nuevamente y pasó, sin aguardar sugerencia de mi parte, al interior de la vivienda. Allí, sentado sobre una silla del comedor de diario, volvió a su actividad de contemplarlo todo. Guardando absoluto silencio, me acomodé frente a él y esperé.
-¿Qué haces ahí sentado papá?- Me sobresaltó la voz de uno de mis hijos que salía hacia la calle. -¿Te encuentras bien?- volvió a preguntar. Lo tranquilicé sobre mi estado, y siguió su camino sin creer totalmente en lo escuchado mientras murmuraba – ¡Es muy raro verte a vos sentado, solo, y sin hacer nada!-.
Yo había propiciado este encuentro, es más, lo había invocado, y ahora estaba confuso ante una respuesta que, en el fondo de mi mente, no creía posible. Recuerdo haber objetado lo real de la situación con la indiscutible argumentación de que con solo un poco de inseguridad de mi parte el visitante jamás se presentaría, pero lo cierto es que allí lo tenía. Lo que nunca se me hubiera ocurrido suponer es que la contestación llegaría en la figura de un anciano parecido a mi padre.
Lo miré fijamente durante unos minutos tratando de comprender que esperaba que yo hiciera. Él, sumamente tranquilo, se mantenía callado y sonriente. Con esa actitud en nada me ayudaba, así nunca lograría saber sobre el próximo paso a seguir, ese que se suponía debía dar para entablar una comunicación. Después de todo, si se había molestado en venir a verme, era para que departiéramos sobre el motivo de mi llamada. 
Cuando iba a cometer la torpeza de hacerle una pregunta de circunstancias, me llegó claramente la idea de que todos los cuestionamientos ya estaban planteados, que mi silente interlocutor me entregaría las respuestas cuando lo creyera oportuno. Sin más me levanté para continuar con las interrumpidas labores de jardinería de los días sábado. Según lo presumí, él me siguió hasta el fondo de la casa donde, a medio podar, se encontraba la vieja higuera.
-Este árbol ha cumplido ya sesenta y siete años- digo, -durante ellos debió soportar muchas agresiones como esta y se encuentra muy dolido por lo que estás haciendo. ¿Es que no ves las huellas de anteriores mutilaciones? Déjalo ser según su forma-.
Su voz me sonaba muy conocida y la sorpresa me paralizó. Sin tomarme el tiempo para reflexionar pretendí argumentar a favor de la necesidad de la poda. Pero no volvería a cometer ese error, él tenía la verdad y sabía de la futilidad de mi réplica.
-Sus frutos, esos que son el motivo por el que fue aquí plantada, una vez caídos ensucian el lugar y nadie disfruta de ellos- dijo mirándome a los ojos -. La planta se ve hoy atrofiada por cumplir fielmente con la entrega que responde a su esencia- No había reproche ni enojo en su tono, sino cierta intimidad de quien reitera lo obvio a alguien de su afecto. –Ya deberías saber que los frutales no son todos iguales, y que solo algunos de ellos necesitan ser podados-, agregando reflexivamente -talcomo el impropio crecimiento de ciertos hombres-. Se acomodó luego en una de las sillas del jardín y volvió al silencio.
Mientras seccionaba las ramas cortadas para su destino de quema dentro del asador, recordé el disgusto que me producían las intimaciones de mi esposa para que podara esa higuera que “apestaba con sus frutos caídos”. Yo amaba a ese árbol y nunca había aceptado de buen grado ese trabajo de cirujano de la vida, pero cada año cumplía con el mandato.
Terminado el trabajo, espontáneamente, me senté sobre el césped junto a la silla de mi visitante. Esta actitud de discípulo ubicado a los pies de su maestro, quizá fuera la reiteración de alguna vieja práctica perdida en el olvido, pero me trajo una respuesta sobre la cual cavilar; tal vez algo con que mitigar esa crónica congoja que deambulaba por mi alma.
-Es solo nostalgia- respondió con naturalidad el visitante a la pregunta que nunca le fue hecha, al mismo momento en que mi mujer se acercara para despedirse, ya que partía de visita a casa de su madre. Tras un rápido beso me pidió que, “luego del descanso que me estaba tomando”, reemprendiera la tarea con la higuera, para que el próximo verano “esa cosa” nos dejara disfrutar del jardín.
Sin comentarios sobre la interrupción, el visitante continuó. –Nostalgia de otros tiempos y lugares- dijo, -A eso se debe tu tristeza. Siempre la has tenido, y de ti depende el superarla- y tocándome la cabeza, como se hace con un niño, acotó –Hay quienes se han percatado de su papel de extranjeros en este mundo de lo pequeño, aunque no comprendan los detalles-.
El golpe me dio de lleno, siempre me había sentido representando un puntual papel que no se correspondía con la improvisación que la vida me sugería. Confuso y necesitado de mayor información lo miré en busca de auxilio. Haciendo un gesto con los dedos me complació.
–Mira hijo, todo es cuestión de porcentajes. Claro que podrás tener un amor. Un pequeño amor. Así una pequeña ternura, algunos pequeños poderes, y pequeñas capacidades. Ocurre que tú que, como otros muchos, recuerdas el sabor de mayores porciones, padeces de añoranzas. Aún, y pese a no saber donde y cuando te fueron servidas, sientes su falta; es ahí donde te has quedado, olvidando ver tu presente-.
Juntando valor, tomé la decisión y rompí las reglas. -¿Podrías tú ayudarme evitándome este permanente desánimo?-. La respuesta no se hizo esperar, vino rápida, pero suave y llena de amor –Este es momento de entrega, no cortes tus ramas solo porque hoy no des valor a sus frutos. Te daré un consejo: coséchalos antes de que caigan al suelo, y ten por seguro que habrá quien guste de ellos-.

-Pero, ¿como es eso?, me dices que partió sin agregar nada más. ¿Solo para eso vino? ¿Y la puerta?, ¡tú no le abriste la puerta para que se marchara!-.

Con el tiempo he comprendido que a la generalidad de las personas no les interesa escuchar historias ajenas sino, por el contrario, poder descargar el peso, o mérito, de las propias. Ese entendimiento me ha hecho algo introspectivo y poco propenso a hablar de mí mismo. “Mudo”, solía decir mi mujer, cuando aún lo era. Pero esta niña demostraba tanto interés por el pasado de su abuelo, que me sentí obligado a levantar el encierro y permitir que volara hacia ella algún que otro recuerdo.

-No mi amor, no fue necesario que abriera puerta alguna, y en cuanto a lo que dijo…, bueno, eso fue todo lo que yo necesitaba saber en ese momento-.
-¿Y las ropas abuelo?, ¿Porqué se habría vestido de “antiguo”, sería para parecerse a tu papá?-.
-Eres muy inteligente hijita. La apariencia no solo puede abrir puertas, también corazones-.
-¿Alguna vez supiste quien era?-.
-Sí, lo supe, pero muchos años después-.
El creciente interés de la criatura la torna inquieta y ansiosa. -¿Quién, quien te lo dijo?-
-Nadie me lo dijo. No hace mucho comprendí que para ese tiempo del que estamos hablando, estaba yo necesitado de un buen consejo. De no haberlo tenido, el futuro hubiera sido muy distinto, y no solo para mí.
-Pero abuelo, tu tuviste quien te aconsejara.
-Si cariño, y también fue un gran gusto volver a ver esa vieja higuera tal y como era antes de que tu abuela la hiciera talar luego de mi partida.

                                    Filemón Solo


sábado, 17 de marzo de 2012

EL CIELO

Niño uno - Señorita, ¿a qué distancia se encuentra el cielo?-
Docente  -Bueno en realidad no existe el cielo. Eso que vemos es efecto de la luz solar sobre....
-Niño, interrumpiendo –El sacerdote dice que sí hay un cielo-
-Docente – Sí, claro pero ese es otro cielo y tiene que ver con la religión-
-Niño - ¿Hay un cielo para la escuela y otro para la iglesia?-

Más niños se suman al cuestionamiento

-Señorita, señorita ¿es cierto qué hay un cielo para los perros?-
-¿Y para los gatos Seño? Ellos no pueden estar juntos-
-Los ángeles se parecen a mi primito, que es un bebé- Dice otro
-¿Todos los ángeles son niños?- Pregunta una niñita
-¡Pobres los chinos! No hay ángeles con sus ojitos-. Se compadece otra
- Bueno, tampoco hay angelitos mujeres- Afirma alguien
-¿Cómo qué no hay cielo, si allí está mi abuelita? –Insiste el primero
-Docente – Yo quise decir que eso que vemos en lo alto no es cielo-
-Niño dos –Entonces ¿dónde está?-
-Docente – El cielo no es un lugar, es algo que ustedes no pueden entender aún-
Dentro del bochinche reinante se escucha una pequeña garganta emitiendo una lapidaria conclusión:   -¡Entonces nosotros no podemos ir al cielo porque no lo entendemos!-
-Docente –¡Claro que sí! Ustedes serían los primeros. Pero eso deben preguntárselo al cura-
-Niñita uno – Yo no conozco a ningún cura ¿No podré ir al cielo entonces?-
-Niño tres–Mi tío es cura, y me dijo que nadie nunca estuvo antes allí. ¿Cómo nos pueden enseñar si no lo conocen?- (El tamaño del cerebro de un pequeño no estrecha sus razonamientos)
-Niña dos –El cielo es solo para los mayores, aunque ellos tampoco pueden entenderlo. ¡Pero todos los ángeles son niños!-
-Docente, levantando la voz - ¡Basta chicos, estos temas no son para la escuela! -

Por una ventana abierta al “cielo”, alguien grita desde la calle - ¡A LOS LIBROS, NIÑOS,  RECURRAN A LOS LIBROS, APRENDAN RÁPIDO A LEER. TODO LO QUE DESEEN SABER EN ELLOS LO HAN DE ENCONTRAR. “ESTOS TEMAS (LOS FUNDAMENTALES) NO SON PARA LA ESCUELA” -

Glosario:

Docente: Paciente ser que tiene a bien tolerar a nuestros niños a cambio de un magro salario, volcando sobre ellos lo indicado por un escueto, paupérrimo, e interesado libreto oficial.
Maestra/o: Bueno, Maestro es otra cosa. Sería (no suele ser fácil encontrarlos) aquel que, en función de su conocimiento, puede contestar cualquier pregunta no curricular (Léase: “consulta esencial”)
Escuela (del griego schola, lugar donde se impartía conocimiento): Actual sitio de patético aspecto, donde se agrupa a los alumnos en función de sus edades. Suponiendo, a priori, que los años los igualan es sus facultades, y demás factores que hacen a cada individualidad. Allí se les administra un método sistémico de pálida instrucción meramente objetiva.

Filemón Solo
         


                                                                

martes, 13 de marzo de 2012

EN ALGO NOS PARECEMOS

 Nos reunimos para charlar sobre la posibilidad de realizar una transacción comercial. Ya sobre la mesa de las negociaciones, lo primero que se evidencia, desde un embozo muy matizado, es la suspicacia. Podríamos decir que es una concesión que hacemos a la ética, se trata de negocios y cada parte desea llevarse la mejor parte de la otra parte. Aunque esta perezca.

Nos sentamos a la mesa del café, todos somos amigos o, por lo menos, conocidos desde hace mucho tiempo. La conversación deambula por territorios comunes, mudando luego a confines totalmente imprevistos. Cada tertulio intenta dejar muestras de su capacidad, inteligencia, valor o probidad. Se sobredimensionan las supuestas luces ocultando los sectores en penumbras.
Esto, desde luego, todos los sabemos holgadamente. Muy pocos son los que consultan a sus congéneres sobre sus faltas, caídas, pecados y demás humanidades. Y lo conocemos a la perfección por ser una pieza de nuestra propia constitución.
Hay evidencia, la experiencia aporta el factor infaltable: desconfianza. No en inmensas cantidades, solo la necesaria disfagia ante cualquier sapo que el diserto de turno aumente desde su real tamaño de simple renacuajo.

Cuando usted sale de la reunión dominical en casa de su suegra, justo al arrancar el coche su señora le dice: Gordo, ¿vos le creíste al Cacho sobre ese asunto de la representación? Mirá que la Tota, en la cocina, a mí me dijo otra cosa, ese tipo se agranda como sombra al atardecer.
Es posible que usted ponga carita y no responda, pero no me negará que ya lo había pensado. No solo eso, al escuchar la sanata "del Cacho", se mandó una de Tarzán, por las dudas nomás, y de retruque.


El viernes por la noche, más relajado que en otros días, durante los cortes comerciales del la programa televisivo de sobremesa el tipo dialoga con la familia.
 ¿Decime Clara que pasó con esos pesos que teníamos guardados? ¿No se los habrás prestado a tu hermana sin consultarme nada?
¿A ver María Eugenia, a que hora volviste el sábado pasado? Mañana te voy a esperar despierto hasta que llegues, y mejor que....
Javi, ¿Qué pasó con el recuperatorio de ciencias naturales? Eso fue el miércoles, y todavía no me dijiste nada, etc., etc.

Bueno, ¿va quedando clara la cosa?

Terrible conclusión que nadie puede dejar de compartir: “No podemos, queremos, sabemos,  debemos, y otros “emos”, confiar plenamente en nadie, porque nosotros mismos no somos dignos de un crédito absoluto”. ¡Créame lo que le digo!

Filemón Solo